Ahora sabiendo a lo
que nos enfrentamos y lo que realmente son las dos perspectivas podremos decir
que al resaltar elementos tales como la solidaridad y el compartir, sin dejar
de valorizar a los responsables de su autoría, el software libre demuestra que,
más que un enfoque puramente técnico, es un movimiento social que discute una relación diferente con el conocimiento
humano, basada en el principio de la libertad. Esa libertad para estudiar y analizar este
conocimiento. Para discutirlo, cuestionarlo y modificarlo con el fin de
mantenerlo siempre actualizado. Y por último pero no menos importante,
para compartirlo libremente con todas las personas en el planeta, sin ningún
tipo de distinción social, étnica o de género. Todo esto sirve para reforzar la
idea de creatividad, colaboración y el intercambio entre las personas en una
estructura en la que todos pueden ser creativos.
Esto se parece mucho al ideal de una educación amplia y transformadora.
En oposición a esa idea se encuentra la lógica
del software propietario. Una vez que tiene un “dueño”, todo el conocimiento
producido por su desarrollo es de quien posee los derechos sobre él. Titular
que no necesariamente es su desarrollador (ya que esa puede ser la tarea de un
empleado de la empresa “dueña” de ese software). Por lo tanto, tenemos una
primera brecha entre quien lo produce y quien es efectivamente reconocido como
responsables del software. Además, dado que este producto
es propiedad de alguien (o una empresa), a otras personas le queda solamente el
“derecho” (si se puede llamar así) de utilizarlo, en la forma en que fue hecho
(si esa persona puede pagar por él). Y ya que el conocimiento en relación a la
tecnología detrás de ese software está restringido, es muy común ver a
distintas iniciativas generando productos similares que no interactúan entre
sí, en una clara demostración de desperdicio de esfuerzo (que el capitalismo da
el sencillo nombre de “competencia” y, peor aún, lo considera saludable).
Debemos tener en
cuenta que la elección del software libre en entornos educativos debería de ser una opción importante no sólo
por razones técnicas (como la robustez contra fallas y una mayor seguridad,
incluso contra virus), sino que, principalmente, por una cuestión ética, ya que
una tecnología fundamentada en valores caros a la educación, tales como la
creatividad, la participación, la solidaridad a valorar a las personas como
autores y a la libertad.
Pero, con tantas
características positivas, porque el uso de software libre no es más
generalizado, especialmente en ambientes educativos? Dejando de lado las
cuestiones poco éticas, como “favores” y “regalos” que ofrece la industria del
software privativo a sus clientes (especialmente los grandes), un serio
problema que enfrentamos en el software libre es precisamente la falta de
divulgación y aclaraciones, especialmente para el público no especializado.
Esto es particularmente grave si tenemos en cuenta la propaganda que hace el
software privativo (no sólo comercial, sino también ideológica) y el prejuicios
contra el software libre, ya que se considera difícil (la gente dice eso, en la
mayoría de los casos, sin siquiera haberlos utilizado) y poco confiable, al ser
“gratuito” para el usuario final (como si el valor económico fuese sinónimo de
calidad).
De ahí la importancia de la colaboración de todos para
la difusión del software libre. Incluso sin conocer ningún lenguaje de
programación, cada uno de nosotros puede actuar de muchas maneras diferentes:
traduciendo el software y su documentación (o produciendo material nuevo),
aclarando las personas, haciendo publicidad directa, divulgando software libre
entre los conocidos, ayudando en foros y grupos de discusión, distribución e
instalación de software en computadoras… Usted elige la mejor manera.
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